domingo, 16 de noviembre de 2025

En los bares no se habla de Dresde

No me molesta la ignorancia del que, por escasez de medios o de tiempo, no ha podido acceder a conocimientos. Solo faltaría.
Tampoco la del que, habiendo tenido acceso a ellos, no lo ha aprovechado, pero al menos es consecuente, humilde y mantiene un perfil bajo en según qué tipo de conversaciones. Pero no soporto esa desvergonzada y atrevida ignorancia que abunda en ciertos individuos (normalmente, de sexo masculino y media edad) de clase media-alta, que creen saber mucho, saben poco, interpretan mal y no se callan nunca. Menos aún cuando la misma determina cómo se posicionan millones de personas ante un genocidio y no se hace nada para detener al genocida.

“Jo no veig gaire clar el tema del genocidi a Palestina. Una guerra és una guerra. Mira els russos el que van fer a la batalla de Dresde al final de la Segona Guerra Mundial.”
La frase la escuché comiendo en una mesa, y trataba de comparar el genocidio de Gaza con la intervención de las fuerzas aéreas del ejército de los Estados Unidos e Inglaterra en la ciudad de Dresde, para acabar definitivamente con la Alemania nazi en 1945.

Que los rusos no fueran los protagonistas de aquella masacre en concreto es lo de menos ahora, pero meterlos hasta en la sopa no deja de ser un detalle significativo. Sobre rusofobia no voy a hablar ahora. Asier Blas lo hace mucho mejor que yo en el enlace adjunto.

Que a un blanquito de clase media de la Europa occidental le importe tres pepinos el genocidio palestino y lo llame guerra, tampoco me llama demasiado la atención. Que lo relativice o incluso lo niegue ya es otra cosa, pero, analizado fríamente, es un hecho razonable si se relaciona con otros, como, por ejemplo, el de que Israel participe en un festival de música europeo (Eurovisión) o que el Maccabi de Tel Aviv juegue en la Champions League europea, siendo un equipo de un país de Oriente Próximo (asiático). 
No son errores inconexos que, en su día, se cometieran casualmente sin objetivo alguno. Se buscó de forma premeditada que nos identificáramos culturalmente con un país ética y moralmente ilegítimo (pero útil para nuestros intereses) desde su misma creación, cuyos fundamentos se construyeron mediante el robo, el expolio, la ocupación y la colonización de territorio ajeno. Valores totalmente representativos de la Europa occidental. Nada nuevo. Nada de lo que extrañarse.
De aquellas lluvias, estos lodos llenos de mierda y nauseabundos olores. Da igual lo que digan los que tipificaron el término genocidio para evitar que se volviera a producir otro. Da igual lo que diga el mundo académico o la ONU. 
Da igual la sentencia y orden de detención de Netanyahu, que resolvió la corte penal internacional de la Haya, fruto de la denuncia de Sudáfrica. Da igual que Israel no haya permitido entrar a Gaza a periodistas y que haya matado a más que en cualquier otro conflicto bélico anterior. 
Da igual haber podido ver publicaciones en redes sociales, donde integrantes de las propias FDI (fuerzas de defensa de Israel) se enorgullecían y celebraban las matanzas y aberraciones que han estado haciendo en Gaza.
Da igual que el 82% de la sociedad Israelí encuestada se pronunciará a favor de la expulsión de Palestinos de Gaza, según una encuesta del periódico Israelí Haaretz

                                Imagen extraída del post enlazado del  blog de Rafael Poch de Feliu

Israel no es más que un invento de Occidente. Una pieza potencialmente sacrificable (durará lo que dure...) que los EE. UU. financian actualmente con unos 3.800 millones de dólares anuales, y que supone el proxy que el imperio del bien (Estados Unidos y Europa occidental) necesita para seguir con la conquista, la destrucción y el expolio del mundo árabe en una región de especial relevancia geoestratégica.
La Palestina ocupada (así llaman a Israel en los países de la región) es el lugar más peligroso del planeta para un judío. Y, como dice Frédéric Lordon en este aconsejable artículo, “El antisionismo no es el equivalente del antisemitismo, sino su única muralla”.

Vuelvo a la comida y a la frase con la que he iniciado el post. No pude callarme más y comenté: “No quisiera incomodar, pero supongo que, cuando se estaba produciendo el genocidio judío por parte de Alemania en 1940 y algo, también había gente en mesas que discutía sobre el significado de la palabra genocidio, o sobre si aquello era aceptable o no...”. A partir de ahí tuve que escuchar sandeces varias solo entendibles desde la falta de conocimientos e ignorancia total de los hechos que han llevado a la actual situación, y con un irritante remate final: “Bueno, no és tan important el que diguem aquí. Total, això són converses de bar...”.
“No —pensé yo—, en los bares no se habla de Dresde”. Lo sé, porque pasé horas en ellos en los años en que trabajé en fábricas. Y se decían muchas chorradas, sí. Pero me parecían mucho menos graves que las que escuché comiendo en aquella mesa, que no, no estaba en un bar.

En fin, a veces pienso que debería plasmar aquí algunos conocimientos y reflexiones que podrían valer la pena para quien leyera. En la última década, he acumulado demasiadas horas de lectura y escucha de verdaderas bestias sobre geopolítica. Gente humanista y honesta que ha enriquecido mi vida notablemente. Espero que me sirva para acabar aportando al mundo académico mi propio doctorado en geopolítica, pero, de momento y hasta llegar a eso, intentaré dejarme caer por aquí de vez en cuando con escritos como este.

Para acabar, y relacionando temas, mi centro educativo (en el contexto de una iniciativa del sector docente en Catalunya) celebra el jueves un acto a favor de Palestina y contra el genocidio.
Estoy contento de trabajar en una empresa que no se muestra equidistante y se posiciona respecto a lo que está pasando, asumiendo el riesgo de tener que afrontar los conflictos o las consecuencias económicas que ello pueda acarrear.

Baño en el mar muerto en Jordania. Espero visitar el otro lado algún día, libre de la bestia sionista


domingo, 26 de octubre de 2025

Cubos y barro

Cogido de la mano de mi madre, la acompañaba a comprar al Mercadona de Torrent, un pueblo cercano a Valencia, en la comarca de l’Horta Sud, que muchos años después se vería afectado por la DANA.
Mirando y sonriendo a aquel hombre sucio y descuidado, mi madre dejaba caer una moneda de cien pesetas en un recipiente improvisado con una botella de plástico recortada. Sin lugar a dudas, es uno de mis más preciados recuerdos de infancia, y dejó una poderosa e indeleble impronta en mi yo actual.
Después de darle la moneda al homeless, ella me decía que nunca había que hacer propaganda de lo bueno que uno hace en la vida. En eso se equivocaba. Ella y tantos otros. Y así nos va: a día de hoy se le llama “buenismo” al hecho de pensar que convendría mover un dedo para intentar frenar un genocidio y se cuestionan las motivaciones e intenciones reales de quien lo hace, mientras se ve con normalidad especular en bolsa, sin interesarse en que se invierte, o ver en la vivienda un posible activo financiero y no un lugar para dar techo a personas. 

La ventana de Overton respecto a lo que se considera éticamente aceptable se ha ido desplazando hacia lugares tenebrosos, mientras que el humanismo, como concepción ideológica y brújula moral, se extingue entre respiraciones agónicas y estertores.


Si estás leyendo este libro y en este relato esperas épica, lágrimas o heroísmo, mejor pasa al siguiente. Escribo desde la convicción de que sí que hay que hacer propaganda de lo bueno que uno hace. Es un esfuerzo que, a día de hoy, creo hacer más desde la obligación, la responsabilidad y el colectivismo, que desde el ego. O eso quiero pensar.
De hecho, cuando esta mañana he empezado a teclear lo que estás leyendo, lo he hecho desde la desgana y la nula inspiración, pero el plazo para entregar este escrito se agota en breve, y el libro con fines solidarios donde espero que un día se publique, ha hecho que venza a la desgana. Por otra parte, hacía tiempo que tenía ganas de dejar algún post por aquí.

Vivo en Catalunya desde hace 26 años. Me va bien en la vida. Actualmente, vivo en una zona privilegiada de la ciudad condal. Aun así, ocasionalmente veo tiendas de campaña de homeless que despliegan su casa en algún rincón del barrio y tratan de dormir sin molestar ni que se les moleste.
No me molestan las tiendas de campaña ni el homeless al que, de vez en cuando, le compro algo que llevarse al buche. Me molestan las oficinas bancarias, las agencias inmobiliarias, las casas de juego, los Mercadonas, los prostíbulos y lugares así. Y me gusta el fuego... No, por favor, no pienses mal. Me gusta que los homeless se busquen la vida y, oye, que si se juntan unos cuantos en las faldas del Castell de Montjuïc y hacen una fogata para pasar las noches de invierno un poco mejor, pues p’alante.

Te contaría que bajé a Valencia porque es mi tierra, tengo gente allí y no soportaba la idea de no hacer nada ante lo que estaba sucediendo tras la DANA que asoló el pueblo donde crecí y otros tantos de la zona. Pero no, la verdad es que no. Te diré la verdad: fue puro pragmatismo y racionalidad. 
Soy enfermero, aunque ahora me dedique a la docencia. Y tengo la convicción ideológica de que no es bueno para una sociedad que alguien como yo, sin demasiadas obligaciones ni cargas familiares, no mueva un dedo ante una situación así. Llámalo buenismo, comunismo o como tú prefieras.


Mi centro escolar me concedió un día libre para bajar a echar una mano por allí, y mi compromiso emocional hacia la institución subió un peldaño por aquello.
Si, además, en el grupo iba a estar Anna, una enfermera con la que trabajé hace más de 20 años y con la que guardo amistad a día de hoy, pues “no se hable más”, pensé. Allí conocí a su amigo Jonatan, un buen tipo con el que nos reímos bastante y con quien también sigo guardando relación tras aquellos días.
Bajaron también por allí Pau y Martina, un exalumno y una alumna de la que era tutor en aquel momento. Qué bonito ver gente de esa edad metiéndose en un berenjenal así... Y no eran los únicos que, no habiendo cumplido los veinte, habían viajado hasta allí para arrimar el hombro, doblar el lomo y pringarse de barro o de lo que hiciera falta en aquellas apocalípticas calles, o en aquellos sótanos y garajes inundados de barro, mierda y olores nauseabundos.


De aquella experiencia pude sacar algunas conclusiones: habría que tener algo más de cuidado cuando se habla de forma peyorativa de las actuales generaciones de gente joven. Y me incluyo... en lo primero, no en lo de gente joven, que en cinco años me planto en el medio siglo y ya no estamos para decir chorradas a discreción.
En fin, que mientras adultos con sus medios de comunicación e influencers de diverso pelaje y parecida catadura moral se dedicaban a arremeter contra ONG's, inmigrantes y hasta contra la Unidad Militar de Emergencias (UME), e inundaban de bulos el debate público, gente joven —y no tan joven— montaba cadenas humanas y, cubo va, cubo viene, vaciaba de barro las calles, casas, sótanos y garajes de gente que no conocía.

Mi hermano, bombero de Barcelona, que también estuvo por allí durante una semana, me había dicho una frase que me hizo reír mucho y me caló: “Pavo, la solidaridad se acaba a los tres días, y luego todo se convierte en rollos, egos, zorrerío y un sin Dios...”. Así que, atendiendo a sus consejos y al hecho de que había que volver al trabajo, de vuelta a casa y a esperar a ver cómo los valencianos solucionaban aquello y le daban la patada a aquel que, sin haber hecho el suyo, había preferido alargar la sobremesa en el restaurante "el Ventorro".
Uno conoce aquellas tierras e intuía que aquello podía no llegar a pasar nunca, pero si mi abuelo (el que nos pegó la expresión “sin Dios” a mi hermano y a mí), comunista, maestro paellero y valenciano de cuna, siguiera vivo, sé que habría estado orgulloso de vernos por allí.


P. D.: El título del post es un guiño a la famosa serie valenciana "Cañas y barro", inspirada en el libro de Vicente Blasco Ibáñez.


miércoles, 11 de septiembre de 2024

Filant nusos amb vistes a la Seu

N. del A.: Hace tiempo que tenía ganas de publicar este escrito. Con él gané un premio al relato más atractivo en un humilde concurso literario de un "ateneu" (casal en Español) de Manresa. El "late motiv" eran el amor y Manresa, y debía estar escrito en Catalán. 
A pesar de no ser mi lengua materna, creo que es uno de los textos más bonitos que he escrito nunca.

Feliç diada:-)


N’havia escoltat parlar. Fils invisibles que mantenen lligams gairebé impossibles que, paradoxalment, sembla que mai es podrien arribar a trencar.
Vaig arribar a la conclusió de que pot ser sí existeixen, però que per mantenir la seva estructura etèria has d’aconseguir dibuixar al teu cap un món fantàstic que el fonamenti. I ara em ve una pregunta al cap: hi ha alguna cosa menys ferma i més susceptible d’esvair-se que la màgia?

Baixo del cinquè pis per les escales del vell edifici, mentre em pregunto quants anys tindrà. Plaça major, dreta i cent metres de baixada pel carrer Sant Miquel. Arribo a un lloc del que sí conec els anys que porta fent pa per als veïns del casc antic de Manresa.
M’agrada entrar-hi. Sobretot a l’hivern, tot i que ja no fa el fred que feia a la capital del Bages. Demano magdalenes casolanes i un pa de quilo. Espero que no tanquin i que en vint-i-quatre anys més puguin arribar al centenni d’experiència fornejant el pa.

Torno sobre els meus passos i pujo ràpid els esglaons. M’agrada això de no tenir opció d’agafar l’ascensor i m’encisen les vistes que tinc des del meu pis a la plaça major. Des del dormitori puc veure dibuixada la muntanya de Montserrat, però malgrat tot, les vistes de la muntanya no serà el que més m’agradi quan entri allà en un minut.
Ella té uns ulls expressius que denoten una barreja d’innocència i il·lusió. Crec que quan obri la porta, encara estarà cridant allò de “magdalenessssss” amb la seva veueta i el seu somriure de “ho he aconseguit!”

Des del mateix moment en que la vaig conèixer, vaig pensar que m’agradaria esmorzar amb ella. Ha passat un temps i tenim un fil junts. No, no, ho he escrit bé: fil. L’hem anat fent junts en moments com aquest que he relatat ara mateix. 
Pot ser no sona molt extraordinari, però per mi sí que ho és. Amb ella vaig descobrir que se m’havia oblidat com anava això de fer fils dels de veritat. D’aquests que tenen nusos i no vols deixar en mans de la intangibilitat de la màgia.

Esmorzem junts amb vistes a la Seu, mentre el Sith ens mira amb gest inquisidor. Ell és un gat negre i molt trempat. Ara que ho penso, gat negre i trempat sona una mica redundant. Ella diu que el tinc molt mimat i que les seves demandes i mala educació van creixent proporcionalment al temps que fa que ens coneixem.

Sith té un sobrenom que li vaig posar jo: “Chefesito”. D’això parlaré més tard, però ell és per mi com un altre nus del fil que em lliga amb ella. Quan marxa a treballar, ell es queda arraulit, dormint al meu costat. Per els qui ens agraden els gats, poques sensacions hi ha més boniques que quedar-se adormit al seu costat sentint el seus roncs i la seva escalfor.

Parlava de fer nusos al fil amb ella, i diria que no hi ha moment que ens faci riure més junts que quan, gairebé, l’haig d’obligar a rentar-se les dents. L’haig de perseguir amb el raspall amb la pasta ja posada i, tot i així, es resisteix buscant que acabem barallant-nos i hagi de forcejar amb ella per acabar ficant-li el raspall dins la boca. Després, em mira fent-se la ofesa mentre se’ls renta i se li acaba escapant un somriure d’aquests que em fan pensar que sóc afortunat.

És dissabte i fa un dia espectacular, així que baixem a fer un tomb i a comprar fruita i verdura al mercat de la plaça. Sempre que faig un acte tan quotidià com fer la compra aquí, no puc evitar pensar en els moments extraordinaris que s’han viscut. Des del gran incendi durant l’ocupació borbònica, a la gran revolta civil contra les tropes napoleòniques, coneguda amb el nom de "la crema del paper segellat".

Sith ens espera a l’altra banda de la porta. Sé de memòria el que farà ara. Si el deixem, sortirà al replà de l’escala i inspeccionarà el metre quadrat que l’envolta amb la mateixa curiositat que mostraria algú que arribés a Mart per primera vegada. Mirarà les escales amb ulls encuriosits, però no gosarà baixar ni un sol esglaó. Sortirà corrent tot esverat, entrarà al pis i així culminarà una altra de les seves intrèpides excursions.

Començo a fer el dinar i és ara quan el Sith fa honor al sobrenom que deia abans que li vaig posar. “Chefesito” puja a sobre de la rentadora, s’asseu còmodament i, amb cert despotisme en la seva mirada, verifica que la recepta que estic fent segueix els passos necessaris per aconseguir el resultat que ell desitja. Esperarà pacient el temps que calgui i, quan nosaltres comencem a dinar, ell traurà el seu jo més rapinyaire i passejarà pel taulell de la cuina a veure que es pot emportar a la panxa.

Em quedo mirant-lo i ella em reclama amb un petó, donant-me les gràcies pel dinar. Sento que m’ha tocat la loteria. Espero no tornar a oblidar-me mai més de fer nusos al fil.

lunes, 22 de julio de 2024

Un vino en Narva, los confines del "imperio del bien"

Leía ayer el último post del blog de Rafael Poch.
Gracias a sus escritos (y a los que comparte en su espacio), en absoluto catastrofistas, tengo bastante asumido que es más que probable que, antes de expirar, viva la tercera guerra mundial.
La vida, entre otras cosas, consiste en ir viviendo cosas que pensabas que a ti no te podían suceder. En surfearlas cómo puedas y de salir más o menos indemne y con más herramientas. Y, mientras tanto, hasta que llegan, en disfrutar los buenos momentos que van surgiendo y valorarlos en la medida de lo que tus capacidades te permitan. 
Nadie sabe que está viviendo uno de los mejores momentos de su vida mientras lo vive, pero creo que, con la edad, se gana capacidad de intuir que así pueda estar siendo.

Uno de los míos sucedió en Narva, la ciudad más al este de Estonia y fronteriza con Rusia, solo separada de esta por el estrecho río de nombre homónimo a la ciudad.
Andrea, mi novia Argentina por aquel entonces, sostenía en mano una copa de vino blanco. Yo otra. Ante nosotros el mar Báltico, uno de mis preferidos en este mundo.

Tras el viaje en bici que había hecho desde Vilnius a Tallin, me había reencontrado con ella aquella mañana en la capital Estona. Habíamos alquilado un coche y habíamos conducido hasta llegar allí.
Le estuve hablando del blog que me había dado a conocer aquella ciudad. Y de mis ganas de cruzar el río Narva y visitar Rusia. Ella me dijo que con su pasaporte Argentino no le hacía falta visado para entrar y que le gustaría venir conmigo.
Siempre que alguien despotrica o habla con pesimismo de su historial de relaciones afectivas, pienso en lo afortunado que soy y en las veces en que he pensado que "ahí" hubiera sido buen lugar para plantarse.
Más tarde, fuimos a pasear por aquella playa y nos encontramos, casualmente, con un festival infantil. Familia...un concepto que, en el contexto Español, relaciono con algo rancio, casposo y, de alguna forma, obsoleto. En cambio y no te preguntes el motivo, porque ni yo lo sé (en parte...), en los paises de este de Europa me suscita bonitos pensamientos.

Narva, a efectos poblacionales, es Rusia. La inmensa mayoría de su población es Rusa y Rusoparlante. Pese a ello, como explica el post que he enlazado, la administración local ha sido obligada a retirar la lápida con el tanque T-34 conmemorativa de la liberación Soviética.

Creo que este es el post más corto desde que inaguré este blog. Está bien así. O no. Lo bueno (ya me lo digo yo todo:-), si corto...dos veces bueno, ¿no? Sí, quizás no.
En fin, es verano, estoy vago para escribir y debería estar preparando el viaje en bici más extremo que nunca antes haya hecho y que empiezo en poco más de una semana.
Para variar el contenido que aquí suelo tratar, intentaré dar debida cuenta de ello.

Buen verano.

sábado, 22 de junio de 2024

Bálsamo en el Cáucaso Georgiano

(Texto que, como algún otro que guardo en borradores, escribí hace ya bastante tiempo y no publiqué...)

Es como si mi corazón hubiese cambiado su ubicación en mi cuerpo y ahora se alojara en uno de mis conductos auditivos. Fue a raíz de una infección de oído y a veces me sucede al despertar. 
5:30 am. En el silencio de mi habitación, puedo escuchar el retumbar de mis latidos como si realmente procediesen del interior de mi oído izquierdo. Suenan especialmente fuertes y rápidos en esta mañana del primer día del mes de abril. 
Estoy reventado emocionalmente. Es una mezcla de nerviosismo, desilusión, profunda tristeza y sensación de duelo. La viví una vez hace años y sé que ha empezado un proceso irreversible. Sé que todo irá bien y que es uno de los finales menos malos que todo esto podría haber tenido,  pero no es una idea que me ayude a sobrellevar el cómo me siento esta mañana.

Es el tercer despertar así y este ha sido especialmente duro. Hasta el punto de pensar que, si no tuviera a mí alrededor gente que sé que me echaría de menos, y de tener una opción fácil e indolora de hacerlo, elegiría no arriesgarme a vivirlo de nuevo dentro de 24 horas.
Sé que suena duro y preocupante, pero no, no son ideas suicidas ni nada parecido. Conozco la anatomía de mis pensamientos. También su fisiopatología y cuál será su evolución.
No tengo ganas de hablarlo con nadie tampoco. Me siento profundamente avergonzado por haber caído en esto. Solo en parte. Hice lo que pude cuando tocó y fue muchísimo, dadas las circunstancias.
¿Circunstancias? Recuerdo un momento, casi un año antes, el día después de haber decidido intentarlo parar por tercera vez. Iba en bici por Barcelona y, objetivamente, creo que nunca antes había visto aquella densidad de chicas guapas en un trayecto tan corto. 
Me impresionó el profundo desinterés que me suscitaron aquellos cuerpos y caras. Sobretodo las caras...eran como maniquís andantes. Fui totalmente incapaz de quedarme con expresiones, sonrisas, matices...no sé si me explico. Da igual. Es fácil y, a la vez, difícil de entender hasta para mí, pero ya da igual.
Hay una técnica de couching que, a veces, conviene utilizar. Más aún si el color (energía) predominante en tu personalidad es el verde, según la clasificación de Jung.  Es tan simple y tan complicada como eliminar la pregunta "¿por qué?", que uno se plantea para entender cómo se siente y así poder pasar a plantearse que necesita hacer para sentirse mejor. El ¿por qué? no suele tener una respuesta, así que resolver esta parte del proceso de sanación puede retrasarlo bastante.

Tengo una clase a las 8:00h. Son alumnos de un curso on-line a los que aún no conozco en persona y a los que, puntualmente, tendré que impartir algún taller presencial. Si hay un día en que no quiero conocer gente, es hoy.
Me acabo de mudar y la nevera está vacía. Se me caen las paredes encima. Siento una profunda sensación de desarraigo y necesito salir de aquí.
Espero encontrar una cafetería acogedora, tomarme un café y un croisant y distraerme con algún periódico.
Ni un alma en la calle. Todo cerrado. No hay café ni desayuno. Mejor así. Tengo náuseas y el café no me iba a ayudar a calmar esta ansiedad. Las calles que en tantas otras ocasiones me han resultado bucólicas, ahora me parecen extremadamente tristes, sombrías y frías. No hablo metafóricamente. Estoy destemplado y tengo frío, algo bastante inusual en mí.
Llego al trabajo enseguida y preparo el material para un taller teórico-práctico que ahora mismo no me veo haciendo. En el fondo, sé que tener que dar clase es lo mejor que me podría haber sucedido en una mañana como esta. 
Contra todo pronóstico, me siento especialmente inspirado y todo sale bien (meses después, los alumnos me dirían que aquella clase les gustó especialmente).


Una semana después. Convento de Bodbe, Georgia

Lesia me abraza en el medio del convento. El pañuelo que se ha puesto para esconder su bonito pelo rubio, me acaricia la cabeza, mientras me pregunta "¿cómo estás?" en su casi perfecto Español con acento Ruso.
Me ha sentado especialmente bien la calidez de su pregunta y su abrazo. Lo interrumpe una señora mayor que nos dice algo que no entiendo en Ruso. Lo que sí entiendo es su lenguaje no verbal y es evidente que no nos está diciendo nada amable.
Lesia me dice que la señora nos ha increpado por abrazarnos en aquel pequeño convento del este de Georgia, cerca de la frontera con Azerbaiyán.
La religión Ortodoxa que profesan la gran parte de habitantes de este país Caucásico tiene una fuerte influencia en su día día, y hace que la gente tenga actitudes que me cuesta entender. Creo que era realmente difícil ver atisbo alguno de maldad, sexualidad, incorrección o llámalo como quieras, en el abrazo que no estábamos dando.
Nos ha traído hasta aquí el hijo de la cocinera del restaurante donde cenamos ayer.
Aún ando mareado y algo horrorizado por su conducción. Tras varios adelantamientos algo locos y alguna que otra maniobra totalmente temeraria e innecesaria, se ha acabado percatando de mi mirada por el espejo retrovisor.
Ha sonreído y le ha dicho a ella que me traduzca lo siguiente: "que no me preocupe, que lleva toda la vida conduciendo sin tener accidentes. Que allí la conducción es así". Yo le he pedido a ella que le tradujera que "trabajé siete años en una ambulancia vi muchos accidentes y que preferiría no tener uno en mis vacaciones".
El tipo sonríe divertido pero no cambia su conducción. 
Lesia está acostumbrada. Vive en el Cáucaso Ruso y, además, ya ha estado antes por esta zona del este de Europa.
Hace dos días que la conozco en persona y estoy realmente a gusto con ella. Temía que no fuese así, dado mi estado emocional hace tan solo unos días.
Me explica cosas que sabe que me encantan, como que la altura máxima de los Jrushchovka (edificios Soviéticos de la economia planificada de la época de Nikita Jrushchov) debería ser de 5 plantas, aunque en las grandes ciudades no se suele cumplir la norma.
A ella siempre le ha gustado mi sincero interés por su país y por todo lo relacionado con el espacio post-soviético. 
A mí me gustan sus "¿cómo estás?" y el no haber cancelado el viaje a Georgia.

Idiosincrasia de Georgia en una foto

sábado, 9 de marzo de 2024

P.A.W.N GANG en el aula

Con un año más que la última vez que me dejé caer por aquí, escribo estas líneas mientras suena Trap de fondo. No me imaginaba cansándome del Rap y enganchándome con 43 años a un tipo de música que algún día consideré una penosa degeneración del "Ritmo And Poesía".
En fin, si a un filósofo de renombre como Ernesto Castro le gusta también, e incluso ha escrito un libro sobre el genero, supongo que no tiene por qué tratarse de inmadurez. 
Yo también utilicé la música urbana en un proyecto académico que hace un año me estuvo amargando la vida. 
Mi tesina acabó titulándose: "Influencia del rap como herramienta didáctica en simulación clínica", y hay una ínfima posibilidad de que, si no mato un poco más al ego, aquello germine y acabe un día en Doctorado. Sinceramente, espero no caer en eso. Me gusta disfrutar de la vida, y meterse en un embolao así tiene bastante de masoquismo.

En fin, aquellas lluvias de hace un año han dado paso a días soleados. Me reincorporé a la docencia reglada en septiembre. Soy tutor de un grupo de gente bonita que cursa el segundo año del técnico en emergencias sanitarias, y me siento cuidado y respetado en el instituto donde trabajo en Barcelona. Quedan lejanos aquellos años en que empecé en esto y trabajé tanto que acabé orondo, totalmente quemado y con dudas sobre si valía la pena dedicarse a la docencia.
Además, colaboro puntualmente en un Máster de emergencias extrahospitalarias de la universidad de Barcelona. Remonto mi mirada 10 años atrás y, ni en la mejor de mis fantasías oníricas, me veía en estas. Me estrené el día de mi cumpleaños y la verdad es que fue un día realmente feliz.

Bueno, a lo que iba. Hoy es 8 de marzo y la mayoría de alumnos hacían huelga. Aprovechando que la convocaban, el pasado lunes dediqué la tutoría semanal al tema del feminismo. No me gusta utilizar mi posición para intentar influenciar a chavales de 18 años. Primero porque, tratándose de una relación vertical, no sería justo. Segundo, porque suele ser contraproducente. Así que, sin metodología y sin dobleces, intenté ser lo más transparente posible, exponerles mi punto de vista y abrir un debate que resultó sano y enriquecedor.
Creo que es el grupo de alumnos más bonito que he tenido nunca, aunque supongo que eso ya lo había pensado antes. En fin, espero pensarlo muchas veces más en los años que me queden de vida profesional.
Hoy he compartido la tarde con los 2 alumnos que no han hecho huelga y, mientras los 3 trabajábamos, hemos estado escuchando algo de música de los P.A.W.N GANG. Yo los descubrí tarde. Hace un año, youtube me fue llevando de Pimp flaco a Dicc, de ahí a una colaboración de éste con "Yungmare", hasta llegar a los P.A.W.N, uno de los grupos pioneros del Trap en España.

No sé si sus vidas y sus letras de "Rocanrolas" son la mejor influencia para chavales de 20 años, pero a pesar de que el Catalán está muerto en las aulas de Barcelona, estos tíos siempre han conseguido conectar con un buen número de jóvenes de oídos Castellanoparlantes.
Siendo que sus inquietudes son otras, los P.A.W.N no utilizan el Catalán como arma política pero, como dicen en una entrevista: "hem fet més pel Català nosaltres que els polítics i tot el servei de normalització lingüística".
Sospecho que, en realidad, a la burguesía Catalana no le importa mucho más que a ellos aquello de proteger las lenguas propias, si no es como pretexto para llenarse los bolsillos . Ellos al menos reconocen su amor por el dinero, y mientras te hablan de culear puestos de farlopa o temas similares, no están escribiendo propaganda de mal gusto en panfletos como "la Vanguardia"

En fin, yo me seguiré adaptando al idioma que utilicen en general los grupos a los que doy clase, e intentaré así colaborar a que no sientan el Catalán como algo ajeno e impuesto. Conmigo funcionó. Eso y haber vivido 20 años en Valencia, un lugar donde las políticas PPeras, el "caloret" y muchos de los venidos de fuera, consiguieron hacer sentir paletos a aquellos que tan sólo pretendían expresarse en su lengua propia.

Más allá de temas lingüísticos, quedan poco más de 2 meses de curso y espero que todos mis alumnos estén trabajando en una ambulancia en junio. Y celebrarlo disfrutando mis vacaciones con un viaje en bici por Islandia.

                                  Camino de Rallarvegen (Noruega). 2023

jueves, 9 de marzo de 2023

Cuando la niña de las flores pensó en irse

Rodeada de plantas, trabaja en una ciudad de Catalunya que no es especialmente bonita ni tiene demasiados adeptos, pero que siempre estará entre los lugares donde más feliz creo haber sido.
Lleva un delantal verde y, como si de un hada se tratara, se mueve entre flores con la elegancia que la caracteriza, mientras las rocía con agua y cuida de que luzcan bonitas para los clientes.


Su prima le dice que debería eliminarme de su vida. Que soy una especie de "perro del hortelano". 
Yo nunca he sabido muy bien quien es ese perro, pero sí que que dicen de él que ni come ni deja comer.
En Letonia tienen al perro homólogo. Encaramado al murete de su terraza, ladra a todo aquel que deambule por sus inmediaciones, y no se sabe demasiado bien que es lo que quiere ni porque lo hace.

Tiene su cuenco de comida siempre lleno y, en realidad, nada ni nadie le amenaza, pero su sistema nervioso autónomo siempre está con su lado "simpático" activado y en tensión.
Como ella no le hacía caso, su prima le llegó a decir que tenerme en su vida, era como tener a una mascota muerta en un cajón de casa. Que al final olería y molestaría.

Me río muchísimo cuando ella me lo explica y, en realidad, me hubiera encantado conocer a su prima. Tenía una bufanda con los colores de la bandera de Letonia comprada para mí. Pero la providencia, el destino o vete tú a saber el que, hizo que mi "exlatvian goddess" tuviera que ingresar en un hospital, así que no pudimos viajar a Letonia en aquellas navidades de hace unos cuantos años ya.

Para contrarrestar a su prima, tengo de aliada a una amiga que tiene en Estonia.
Ella le dice que su prima exagera, y que todo estará bien mientras que a la mascota muerta del cajón (yo) no se le trate de reanimar mediante la técnica del boca a boca.

¿Qué puedo decir? Ojalá tuviera una relación tan sana, limpia y bonita como la que tengo con ella, con todas las ex que he tenido y quizás tenga en un futuro.
Ella tiene novio hace ya bastante tiempo. Debo reconocer que sentí una especie de leve malestar cuando me lo dijo. Lo achaqué a que no estaba teniendo un buen día. Andaba lejos recorriendo Sudamérica y, aunque para nada fue la tónica general de aquel viaje, aquel día me sentía especialmente sólo y apático.
Seguramente, aunque me avergüence reconocerlo, mi instintos más primarios y básicos algo tuvieron que ver en aquel malestar.

Hace algo menos de un año, me dijo que se planteaba la posibilidad de volver a su país. 
Me volví a sentir mal. En su día, cuando lo dejamos, deseé que volviese a Galway, la ciudad Irlandesa donde en un Pub le hablé por primera vez con mi horrible "Spanglish" y, lo que es peor, bañado en whisky. Esto último, aparte de ser mi tumba, es lo que me hizo pensar que se había quedado una buena noche para poner en práctica lo aprendido en aquel curso de Ingles para profesores que me había llevado allí y con el que la unión Europea nos había becado a un grupo de profesores del centro donde trabajaba.
En fin, cuando ya me planteaba una digna retirada me dijo que era Letona, un país que, ya en aquel entonces, conocía mejor que ella. 
Aquello me dio algo de oxígeno, acabó dándome su teléfono y al día siguiente tomamos un café en uno de los encantadores lugares que abundan en aquella encantadora ciudad del oeste de Irlanda bañada por el atlántico.

Decía unos párrafos atrás que, cuando aquello acabó tras convivir un tiempo ya aquí, pensé que para ella sería todo más fácil si volvía a aquel enorme país insular que la había acogido hacía unos 15 años ya.  
Decidió quedarse y, aparte de hablar un Español más que notable y algunas palabras de Catalán, ahora ya sabe moverse por aquí en todos los aspectos, ha hecho amigos y todo le va bien.
Así que sí, escuchar que quizás se iba, me puso triste al pensar en no volver a verla o, en el mejor de los casos, hacerlo una vez cada muchos años.
Me comentó que su país estaba movilizando recursos y personal ante la posibilidad de que Rusia decidiera invadirles.
Me dijo que quería estar allí para lo que se pudiera necesitar.
Sólo atiné a preguntarle, mordiéndome la lengua y con todo el respeto que pude, si de verdad ella creía que eso iba a a pasar.
Pero no insistí. Claro que lo cree y no es casual. 
Las élites de los países bálticos, igual que las de Polonia, llevan décadas sometidos a los mezquinos intereses de la OTAN, quedándose los fondos que les llegan de la unión Europea sin que apenas reviertan en el pueblo, y agitando la bandera de la Rusofobia, mientras han estado dejando que sus territorios se llenen de basura atlantista y que los EE.UU hayan estado acercando sus cabezas nucleares a Rusia.

No es casual que "la chica de las flores" piense que realmente es posible que Rusia sigua invadiendo países. Su país lleva décadas transmitiendo odio hacia el vecino.

Al final se quedó aquí y Rusia no ha invadido Letonia, lo que ha supuesto una decepción para su gobierno que, junto al de los otros países que mencionaba antes, no ha cesado de intentar boicotear cualquier posibilidad de negociación entre Rusia y Ucrania, y de azuzar el fuego para conseguir que la OTAN se implicase (más de lo que lo está haciendo...) y con la esperanza de que una guerra mundial acabase exterminando Rusia para siempre.

La otra alternativa que me dijo que barajaba era quedarse por aquí y poner sus conocimientos del idioma Ruso, que estudió como segunda lengua, al servicio de las instituciones de acogida para facilitar la comunicación con los Ucranianos que pudieran ir llegando aquí.

Hace unos meses conocí a un Ucraniano. Era alumno de un curso de guía en montaña donde impartí una asignatura.
Dimitr era una mole de 1'90 cm que, a parte de aparentar poder ser útil en un guerra, hablaba un perfecto Español. Demasiado bueno para llevar aquí pocos meses.
Me acabaría explicando que en 2015 el ejercito Ucraniano envió una carta a su casa donde, sin ser militar, se le movilizaba para ir a masacrar (esto lo digo yo, no la carta) a sus propios conciudadanos prorrusos del éste de su país.
Aprovechando que tenía familia en Catalunya y ante la deriva que las cosas estaban tomando, decidió venirse por aquí.
Historias como las de Dimitr hay muchas, pero los medios de por aquí no te las explicarán. 
Nunca lo hicieron y menos ahora.
Pero la niña de las flores no se fue.