Como prólogo a mi texto, tomo prestadas las palabras de Rafael Poch en una
conferencia, junto a Inna Afinogenova, que merece la pena escuchar.
"Nuestras simpatías están con las víctimas de este conflicto. Están con los huérfanos, con las viudas, con los presos, con los desertores de ambos bandos. Con los que rechazan la guerra"
Barcelona. Una tarde de septiembre del año 2023.
Sentado en la sala de actos del colegio de enfermería de Barcelona (COIB), asistía a un acto solidario a favor del pueblo ucraniano, con la participación de la mediática monja argentina sor Lucía Caram.
Su presencia, más allá de por su atractivo mediático, estaba más que justificada por su actividad solidaria en Ucrania, en un conflicto bélico cuya duración ya supera la de la "gran guerra patria". Precisamente ayer se celebraba el 81º aniversario de su final.
Al acto también asistiría Alguer Miquel Bo, vocalista del conocido grupo musical "Txarango" y fiel defensor de la figura y papel de la figura enfermera.
No todo iba a ser dulce romero y colorines, e iba a tener que comerme el sapo de la presencia de los cónsules honoríficos ucranianos, Oleksandr Dzoma y Vitalii Tsymbaliuk. "Si la cosa se queda en su putrefacta presencia diplomática para agradecer personalmente el evento, tira que te va...", pensaba yo. Pobre iluso.
Vitalii, envuelto en un buen traje y bien alimentado por los fogones del consulado, empezó a disparar un discurso donde los tonos grises no existían y donde las responsabilidades de la guerra eran únicas y, bajo ningún concepto, compartidas.
No había lugar para la paz en sus ráfagas de palabras. Hablaba sobre la importancia de seguir financiando la guerra. Guerra, guerra y guerra. Qué sí, que gracias por vuestro solidaridad "pogre". Los menesterosos esos que se han helado este invierno en mi país os lo agradecen, pero dejaos de ostias y "give us the money" que aquí lo importante es que nos arméis hasta los dientes y acabar con todos los Orcos ( de орки, término despectivo que los ucranianos utilizan para referirse a los rusos que apoyan la guerra) muertos y con Rusia borrada del mapa si es posible.
Fotografía, de autoría propia, tomada en la plaza Catalunya de Barcelona durante los primeros días de guerra.
Por unos segundos dudé sobre si, en conciencia, debía levantarme e irme de allí como gesto de desprecio a aquel discurso violento que legitimaba la guerra y abogaba por su continuidad, pronunciado en la misma sede del colegio profesional de enfermería de Barcelona.
En mi "minideliberación" acabé concluyendo que mi gesto valdría de bien poco (carnaza para el ego), que pasaría inadvertido y que, quizás, la enfermera que lo había organizado y me había invitado se sentiría ofendida.
Tras Vitalii, Alguer y sor Lucía tomaron el micro y quisieron suavizar el asunto, "desnazificarlo" un poco y hablar de la guerra del Donbás y de algún que otro matiz que a Vitalii debió incomodar sobremanera al romper sus cuentos de buenos y malos, un insufrible relato totalmente sesgado que casa fatal con la verdad y que solo cuela en occidente.
Al lado de Vitalii, Sor Lucía parecía el Che Guevara. Pero la monja argentina votaría un mes después a Javier Milei en las elecciones de su país. Después defendería su voto, justificándose diciendo que "entre un corrupto que es basura y un loco, apoyé al loco" y que dejó la papeleta electoral tapándose la nariz. "El mal menor!", vociferan algunos por aquí. "Plantéate porqué lo votan y lo desesperados que debían estar los argentinos!", claman otros.
Es probable que los rebuznos vengan de alguno de los 800.000 Españoles que aquí en España votaron a Alvise Pérez en las elecciones europeas.
Dejémoslo aquí y valórese, por favor, el encomiable ejercicio de contención que estoy haciendo para mantener cierta elegancia y decoro en este espacio.
Sor Lucia reconoció también haber votado en su día a Artur Mas y Junts pel sí. Milei apoya a Ucrania (o a lo que es lo mismo, la continuidad de la guerra) y a Israel, igual que Puigdemont y su querido Junts.
La guerra sigue activa casi 3 años después de aquel evento. Europa y su solidaridad. Yo, al igual que Sor Lucia dejando su papeleta electoral, también tuve que taparme la nariz en aquel acto.
Vamos a lo importante. ¿qué quiere el pueblo Ucraniano? el de verdad, el de "a pie", el que ha sufrido un invierno terriblemente frío pasando el duelo de estar perdiendo maridos, hermanos y amigos en una guerra que tiene a la población extenuada. El que sufre el secuestro diario de sus hombres en sus calles por parte de los reclutadores de Zelenski, ávidos de conseguir carne para su trituradora de guerra, jaleados (y financiados) con entusiasmo desde cómodos despachos de gobiernos occidentales donde se comen palomitas y se celebra la continuidad de la guerra a la espera del desgaste de Rusia.
Pégale un vistazo a este interesante
reportaje de verdadero periodismo que hizo Meduza, aquel medio de comunicación Ruso que se exilió a Riga (Letonia) después de que la justicia y la fiscalía general lo pusieran en el punto de mira designándolo de "organización indeseable" por mostrarse crítico con Putin sobre la decisión de invadir Ucrania.
Su huida de Rusia fue ampliamente difundida y aplaudida por los medios atlantistas. A sus excelentes artículos no se les ha dado tanto bombo. Ni aquí ni en Ucrania. Por lo que sea...
El show debe continuar y Vitalii, el cónsul Ucraniano, quiere seguir yendo a recepciones, actos y demás "vodeviles" donde instituciones Españolas sigan dándole barra libre para sus discursos belicistas y sus deseos de más guerra y muerte.
Él, desde el calefactado consulado, decide seguir ignorando los perdida de 20 millones de habitantes en su país desde el año 1991 hasta hoy, y la perdida territorial que suma y sigue.
Imaginando que la guerra acabase hoy, la perdida de capital humano (personas en edad laboral), de capital territorial y los productos de desecho (discapacitados físicos y mentales y la dependencia generada) que el "metabolismo de guerra" ha generado ya, condenan al país a un escenario apocalíptico cuyas consecuencias arrastraran varias generaciones.
El príncipe Harry visitaba Kiev hace unos días. Inglaterra y el "
lobby Británico", como titulaba Nahia Sanzo en un post de su más que recomendable espacio.
Inglaterra o cómo tapar con el té de las 16h (y demás parafernalia estética) las miserias de uno de los imperios más terroríficos que ha conocido la humanidad. Su élites, las grandes protagonistas del
boicot a la paz que Boris Johnson lideró, neutralizando el “Comunicado de Estambul”, un preacuerdo de paz que estuvo sobre la mesa de negociaciones en marzo del año 2022 y que estuvo a punto de parar la guerra.
Los "errores" (como un vaso que se te cae al suelo...) de juventud de Harry, antes de hacerse adulto y publicar sus memorias, donde cuenta cómo se cargaba Afganos desde su helicóptero.
Alemania habla de "volver a ser el ejercito más poderoso de Europa" mientras apoya incondicionalmente a Israel, y aboga por prolongar la guerra de Ucrania -como el que se toma un café en una terraza a la espera de que abran la biblioteca que tiene en frente- lo suficiente para prepararse para una hipotética guerra contra Rusia.
Su complejo militar-industrial se ha puesto a trabajar y
Volkswagen empieza a construir tanques (ya lo hacía para la cúpula de hierro de Israel), en vez de coches. ¿Estarán los de Hugo Boss pensando en volver a diseñar ropa para el ejercito Alemán? Todo se andará y se querrá normalizar, igual que se normalizó (por nuestras latitudes...) haber enviado a Ucrania tanques alemanes Leopard 2, la versión moderna de los que los nazis utilizaron para matar soviéticos en la segunda guerra mundial.
La gravedad simbólica del asunto es de dimensiones brutales y, aunque por aquí no nos llegue, politólogos y opinadores del ecosistema mediático ruso comentan en tertulias de televisión que quizás es hora de enviar un "recordatorio" a Berlín y enseñarles donde están los límites.
Nadie debería avergonzarse al decir bien alto que Gorbachov cometió un gran error permitiendo la reunificación. La dijera o no François Mitterrand, amo la frase que se le atribuye: "Me gusta tanto Alemania que prefería cuando habían dos"
Rusia abandonó Alemania. No así los EE.UU que siguen allí desde entonces y que tienen ocupado militar y económicamente el país con sus 40 bases y la dependencia que de ello se deriva a todos los niveles.
Nadie mejor que Rafael Poch para hablar de esa dependencia y para recordar ciertos hechos objetivos, y no dejarse llevar por fantasiosos cuentos de mal gusto sobre una Alemania que, en realidad, solo supo comportarse cuando fue vencida y ocupada por Rusia.
Rescato un párrafo especialmente clarificador de
un post reciente de su blog:
"La simple realidad es que Alemania volvió a las andadas en cuanto el país recuperó su soberanía en octubre de 1990. Diecinueve meses después de su reunificación nacional, un generoso regalo de la URSS de Mijail Gorbachov, ya utilizaron sus fuerzas armadas por primera vez desde Hitler contra un pueblo, el serbio, cuya guerrilla había sido la primera en combatir a los nazis en los Balcanes medio siglo antes"
Respecto a España, como ejemplo de lo que se hace llegar -y lo que no- al ciudadano medio, el youtuber "Letal Crysis", en una entrega de sus documentales sobre la guerra,
entrevista a un soldado Ucraniano. En el minuto
2:52'' el soldado bebe de su taza del batallón Azov, subgrupo militar de ideología nazi que exhibe su simbología sin pudor y que forma parte del ejercito regular.
En el minuto 8:02'' el codo del tipo es pixelado. Lo de Azov no, pero la esvástica nazi sí la iba a reconocer todo el mundo, así que ¿para qué dejar que se viera, verdad? Diez segundos antes, otro soldado descansaba acariciando un gato que tenía en brazos. Dos veces lo enfocan. Si me conoces, sabrás que no seré yo quien rechace un gato allá donde él quiera aparecer, pero a nivel periodístico hubiera sido más útil y clarificador enfocar y no pixelar la simbología nazi que el soldado portaba tatuada en su piel.
En relación a la acertada frase de que, ya mucho antes de empezar la guerra, "Ucrania no estaba en la OTAN, pero la OTAN sí estaba en Ucrania", no es menos cierta la de que "el ejercito ucraniano no es nazi, pero está plagado de nazis"
Las élites del país también lo están y, mediante el odio étnico-nacionalista y el ensalzamiento de personajes como Stepán Bandera, fueron responsables de la guerra civil del Donbás que supuso el germen y uno de los detonantes, entre otros, de la guerra actual.
Sobre ello y el complejo entramado de motivos y responsabilidades de los actores involucrados, nada mejor que escuchar a Asier Blas y su
teoría de la Matryoshka de 3 muñecas para entender, desde su profundo conocimiento y visión humanista, algunas cuestiones imprescindibles a la hora de posicionarse en pro de las posibles soluciones al conflicto.
En referencia a la soberanía del pueblo ucraniano y demás argumentos que se utilizan para defender la continuidad de la guerra, el historiador húngaro Zoltán Sz. Bíró
escribía:
"Es significativo que, a principios de 2008, como mucho entre una cuarta parte y un tercio de la población ucraniana apoyara la adhesión del país a la OTAN. … Y esta reticencia se debe en gran medida al hecho de que la mayoría de la sociedad ucraniana teme que la adhesión a la organización militar del mundo occidental suponga una grave carga para las relaciones entre Rusia y Ucrania, con consecuencias directas para la vida cotidiana"
Para acabar quisiera hablar de Olena, una chica ucraniana que alojé en casa, junto a su hermana, nueve meses después del evento solidario que relataba al inicio de este post. No eran refugiadas. Simplemente viajaban por ocio. Si para ellas era un "win" dormir gratis mediante la app couchsurfing, el "win win" se cerraba con la oportunidad que a mí se me presentaba para tener el testimonio de primera mano de personas residentes en una gran ciudad ucraniana en guerra.
Olena no deseaba el fin de la guerra. Me explicó que a veces sonaban las sirenas y la población debía esconderse, pero que en general no se vivía mal. Que se había recuperado cierta normalidad, la gente visitaba teatros y lugares de ocio y que una parte de la entrada se destinaba a fondos para el ejercito y para posibilitar la continuidad de la guerra. Que Europa debía apoyar a ucrania y que había que acabar con Rusia, ya que, de no hacerlo, todos estaríamos eternamente amenazados.
Me habló con cierto desprecio de la población oriental de su país y restó importancia a la guerra del Donbás, según ella, propaganda prorrusa carente de credibilidad.
Sin duda alguna, el sistema educativo ucraniano hizo un buen trabajo con Olena. Parecía haber comprado de pleno el discurso más rancio y nacionalista sobre la pureza del buen ucraniano, un ideario plagado de matices profundamente conservadores que rezuma odio étnico de tintes discriminatorios en cuanto a aspectos identitarios, culturales y lingüísticos.
Lo de la homofobia no lo había comprado. Decía gustarle las mujeres y querer una Ucrania más Europea y más libre. "No hay más preguntas, señoría", pensé.